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Simón Inza ante el Día de la Madre

Simón Inza nos ha remitido este poema para el Día de la Madre, que publicamos.

“DÍA DE LA MADRE

SACRAMENTO DE LA VIDA’

Madres, hermosuras agraciadas de dulzura,

Dios Padre-Madre ha depositado lo mejor de él en vosotras:

la vida. Vaya mi canto agradecido, madres, en vuestro Día.

Vosotras, Madres,

me atrevo –aunque provoque–, a llamaros

SACRAMENTO DE LA VIDA’

sois signo visible del misterio de Dios todo amor,

porque concebís en vuestro limpio cristal la vida.

Dios os ha creado a su Imagen y Semejanza para alumbrar,

luminar e irradiar en vosotras las bendiciones que

Jesús depositó en la madre Iglesia, lo que denominamos: “los 7 sacramentos de la Iglesia”.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento del Bautismo,

sois engendradoras y donantes de vida.

Vida conformada en vuestra carne, en vuestra sangre,

con vuestro amor. Vida diminuta y plena a la vez.

Vida que esconde y muestra al mismo tiempo

el misterio del Dios de la vida.

Vida que se siente, se toca, se acaricia, se besa.

Vida plasmada en vuestra vida. Vida que alegra vuestra vida.

Fruto de vuestro desinteresado y generoso amor.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento de la Confirmación,

enriquecéis y protegéis con vuestros dones maternales y espirituales la vida concebida en vuestros cálidas entrañas.

¡Y cómo la protegéis! Alimentándola

con el dulce maná de vuestra propia leche,

rodeándola de cariño, dulzura, consejos, cobijo, siempre presentes, despiertas, vigilantes con los brazos abiertos,

acunándoles con el “ro-ró” del cariño, sea niño o niña,

dándoles al mismo tiempo protección, calor y vuestro hálito viviente.

Vosotras, madres,

como en el sacramento de la Eucaristía,

os hacéis altar, pan, vino, víctima, hostia,

donación enamorada, todo amor donada,

sois por ellas y ellos, madres, plegaria,

acción de gracias y comunión encariñada.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento de la Reconciliación,

sois cofre de confidencias, punto de reencuentro, sigilo, corazón de la concordia y de la misericordia;

abogada prudente, consejo sabio, casa abierta,

refugio seguro, hogar encendido, llama purificadora, beso ardiente, caricia tierna, abrazo apretado, lazo suave que ata lo desunido,

alfombra de sosiego, paz y bendición entera.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento del Matrimonio,

alimentáis la vida engendrada de vuestras hijos e hijas, se desarrolle y madure sana hasta que se desprenda

cual fruto maduro que cuelga de vuestros brazos. sois faro luminoso para que él encuentre la rosa más bella, y ella al jazmín más galante del ‘bosque encantado’

que merodeaban a su alrededor como jilgueros hambrientos.

Así podéis vivir la dicha más plena y gustar

del fruto de vuestro amor prolongado de generación

en generación y seáis aclamadas por labios de vuestros

hijos e hijas con el piropo que una hija del pueblo se inventó para la Madre de Jesús: “Bienaventurada la madre que te parió

y los pechos que te alimentaron”.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento del Orden Sagrado, os hacéis manantial, arroyo y río de agua grande,

dulce y fértil que fortalecéis las debilidades de vuestros hijos e hijas,

llenáis con vuestros riegos serenos y armoniosos sus ansiedades, sois Pontificas, cauce y puente de toda gracia que nace de vosotras y de Dios, garantes con vuestra propia vida ante la sociedad y ante el Dios de la Vida.

Vosotras, madres,

como en el Sacramento de la Unción de los enfermos,

sois las que os arrodilláis ante el dolor de vuestros hijos e hijas, embalsamáis sus dolencias con el bálsamo del cariño, de la presencia, del consuelo, del ánimo y de la dulzura, la médica que día y noche estáis a sus lados con la medicina que enciende luz de la esperanza, anima y cura,

la Cirenea que sostenéis el peso de sus dolores, la Verónica que enjugáis las lágrimas amargas de vuestros hijos-hijas, en definitiva sois, madres de la profecía continuada que el anciano Simeón profetizó a la Madre de Jesús, “cómo una espada de dolor e ignominia le traspasaría su corazón”. Y así le aconteció al recibir en sus brazos a su hijo muerto desclavado de una cruz. Que Ella, Madres fuertes, os acompañe, bendiga y os fortalezca para decir con Ella, aquí estoy mi Dios

Salve!, madres, ‘Sacramento de la vida’,

la sociedad os pide que gestéis un nuevo Edén

donde el lobo habitará junto al cordero……(Isaías, 11,6-9),

y la convivencia entre todos vuestros hijos e hijas sea armoniosa.

Que el Dios de la vida, por la intercesión de María,

madre de Jesús de Nazaret, hoy y siempre os bendiga”.

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